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Cuento de invierno

El frío arrecia. El cielo se ha tornado gris plomizo. Nieva suavemente, sin prisa, sin mojar, cambiando a blanco el color de la ladera. Sentado a pie de vía me acurruco entre las capas de ropa y entorno los ojos y dejo vagar mis pensamientos. Me acuerdo de mi cuento de invierno.

Sopla el viento del norte. Los copos de nieve inundan el valle, en ráfagas lo tapan todo, me obligan a cerrar los ojos. Sabe a invierno. Huele a días cortos y calor de lumbre, huele a frío y a temblor de manos.

Hace veinticinco años ya. Era un día de diciembre como este. Niebla de mañana, muchos grados bajo cero y nieve fina que el limpiaparabrisas empuja como bolas de juegos de niños. El coche era ya viejo, la calefacción no estaba en su mejor momento. “Hoy no escalamos, hoy equipamos y algo hacemos”, me dijo con su vozarrón de chico grande. Taladro en el maletero y unas pocas chapas de diez, alguna cuerda vieja era el equipaje.

El viaje que tantas veces habíamos repetido se hizo largo, sufriendo cada curva con el hielo, pensando que arriba la nieve no nos iba a dejar pasar. Llegamos. Aparcamos al lado de la central eléctrica, miramos hacia arriba, no se veía nada, sólo el largo tubo del agua que se perdía en la niebla nos indicaba el destino.

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Circo de Solana

Sentados en el coche, toda la ropa puesta, dudamos si darnos la vuelta. “Ni hablar, para arriba”. Subimos penosamente, abriendo huella, sonriendo a la niebla y a la nieve. Seguimos como siguen las cosas que no tienen mucho sentido, nos subimos a una pared y montamos un rappel, nos tiramos por el hielo de la pared y allí, entre el hielo y la roca, taladramos unos agujeros, imaginando pasos que no podíamos ver. Son los cuentos del invierno. Más tarde, el local que soñó la escuela me contó que los tuvo que cambiar todos.

Allí dejamos dos proyectos de vías. Fue la última vez que vi a mi amigo. Cambié de ciudad por circunstancias de la vida y no volví hasta el año siguiente, en medio un cáncer se lo llevó, en menos tiempo del que se tarda en contarlo, y la vida siguió.

La vía se llama “Cuento de invierno”, el mismo invierno que se llevó las nubes a última hora de la tarde para regalarnos una vista de las montañas. Recuerdo estar callado mirando los fríos rayos del sol colorear las cumbres nevadas de rosas imposibles. Él se rio como siempre e hizo una chanza que no recuerdo. Nos metimos en el coche y volvimos a nuestra ciudad de catedrales y puente romano.

El sol se apaga. Se levanta el aire, es norte dice alguien a mi lado. Recojo despacio mis cosas, miro allí donde todo se difumina y me acuerdo de aquellos días y de mi viejo amigo. Todos los años lo hago un día como hoy. Mientras viva y haya viento del norte el cuento de invierno viajará una vez más conmigo.